"Toda mi infancia está vinculada al SEK, entré en preescolar y salí al terminar COU. Mis mejores amigos son compañeros del colegio con los que mantengo reuniones frecuentes."

Cuando se ha tenido (como en mi caso) un solo colegio, toda la infancia y las mejores amistades pertenecen a ese tiempo. Trece años pueden no parecer gran cosa, pero cuando esos trece años transcurren desde los cuatro o cinco hasta los diecisiete o dieciocho, resulta que son toda la vida. La vida del niño que fui transcurrió feliz en el Kotska, y así lo recuerdo y lo proclamo en cada ocasión porque es justo ser agradecido. Las razones de esa felicidad no caben probablemente en un papel, pero tienen que ver con la luz de sus patios, con la alegría que vibraba en las escaleras, de camino al aula, con las emociones propias y compartidas, y con lo que hoy sé que fue una entrega generosa de los profesores. Hoy soy consciente de que los profesores hacían, y siguen haciendo, la más ingrata de las siembras, esa en la que difícilmente verán el fruto de la cosecha. Porque la cosecha de alumnos, en una ciudad como Madrid, queda desperdigada. Por eso estoy orgullosa de mantener la amistad de mi querido D. Carlos Urdiales, de haber podido dar las gracias a nuestro antiguo director, D. Abdón Calzado, cuando lo encontré hace unos años por Madrid y de dar hoy este testimonio de gratitud, ya que no he tenido la oportunidad de poder hacerlo personalmente a tantos profesores.